Y mis ojos se secaron
a la espera de una vida
caminando sin reparo
deambulando en mi mentira.
Me volví como una sombra
consumiendo hasta mis huesos
y mi boca temblorosa
pronunciaba mil “te quiero”.
Pero tú ya no me oías
ya te habías alejado
me quedé como una esfinge
adornando tu pasado.
Por mi eterna cobardía
por creerme así de fuerte
yo partí hacia el olvido
donde hallé mi propia muerte.
Por allí viene, mi distinguida dama. Con su caminar firme y elegante, va perfumando con clase todo a su paso.
Mi gran señora…
Cualquiera diría que viene de buena cuna.
Pocos, muy pocos saben su verdadera identidad. La mayoría
de las personas que la conocen, piensan que Juliette Lefebvre es su
verdadero nombre y Orleans la ciudad que la vio nacer. Pero no es así,
no. No conocen a mi Juana de Arco...
Tuvo que exiliarse a Francia
por motivos que jamás desveló a nadie y que yo desearía conocer algún
día. Y cuando regresó, lo hizo enfundada en ese traje burgués, con
apariencia noble, como si de una princesa se tratara. Y lo es, por
supuesto que lo es, solo que todavía permanece dormida. Pero eso poco
importó, porque al volver se sintió extranjera en su propia tierra.
Mírenla, qué talante. Muchos piensan que ella fue siempre así. Pero
solo su corazón sabe cuántas veces se rompió y cuántas otras tuvo que
recomponerse. Es por eso que esa gran dama, la dama por la que yo
suspiro, esa señora que acelera mis latidos; se ha ganado mi alma a base
de silencios, a base de lágrimas y de luchas cruentas.
Ah, mi gran
señora… venga aquí, por favor. Y acompáñeme a tomar una copa de sueños,
que me siento un privilegiado al compartir este pedacito de su tiempo.
Porque, créame, mi princesa dormida, sabe Dios cuánto deseo pasar a su
lado el resto de mi vida.
Marinero sin destino
que navega sin razón
solitario ante el timón
es errante en su camino.
Escuchando muy atento
el cantar de las sirenas
va rompiendo las cadenas
que le libran del tormento.
Abundancia de lo humano
escasez de lo divino
va forjándose un camino
que conduce hasta el pantano.
Allí pasa la existencia
sumergido bajo el lodo
ocultándose de todo
extinguiendo su paciencia.
Y sumido en lo mundano
lleva siempre en su bolsillo
un papel enmohecido
cuyas letras se han borrado.
Aunque mucho él lo intente
no consigue recordar
lo que escrito allí está
y se vuelve incoherente.
Pero entonces se da cuenta
de que nada es imposible
de que puede ser visible
y vencer a la tormenta.
Porque el sueño impenitente
que le espera en el olvido
al compás de sus latidos
vuelve a estar en el presente.
Y en el último suspiro
de una vida ensangrentada
él prepara su escapada
y se pierde en el delirio.
Caminaba
arrastrando los pies y con la cabeza gacha. El sol despuntaba en ese
momento. Le entraron unas ganas terribles de llorar. Se sentó en un
banco y se cubrió el rostro con las manos.
Cuando se calmó, se dijo
a sí mismo que había hecho lo correcto. Nunca antes había contemplado
esa posibilidad y le pareció que aquella sería la solución de todos sus
problemas.
Se levantó y, tras enjugarse las lágrimas, se dirigió a
su casa. Tenía que convencer a su mujer, al igual que hizo consigo
mismo, de que así los problemas económicos se terminarían. Y que ella y
su hija podrían vivir holgadamente, como habían hecho hasta hacía bien
poco.
Entró por la puerta y vio a su mujer, que le estaba esperando
en el sofá. Su rostro mostraba que había estado toda la noche en
duermevela. La miró y se le partió el corazón. No se había dado cuenta
de cuánto la quería hasta esa misma noche.
Se acercó a ella sollozando y ambos se abrazaron y lloraron.
—Te quiero Ana. Te quiero muchísimo— le dijo con la respiración entrecortada.
—Yo también te quiero a ti— contestó ella, abrazándole aún más fuerte.
Así permanecieron un rato, hasta que Alfredo rompió el silencio.
—Sabes que haría cualquier cosa por vosotras.
Ana se apartó de su marido y le miró inquisitivamente. No le había
gustado nada el tono en el que había pronunciado aquello. Al ver que no
contestaba a su mirada, le preguntó.
—He estado pensando…
Hizo una pausa.
—Le he dado muchas vueltas a la cabeza…
Hizo otra pausa.
—Te aseguro que es lo mejor que se puede hacer.
— ¡Habla de una vez!— le gritó.
—El seguro de vida, cariño— sentenció Alfredo.
— ¿El seguro de vida?
—Sí. Es perfecto. Hay dinero más que suficiente como para pagar las deudas y continuar viviendo en esta casa.
—Claro que hay dinero más que suficiente, pero para poder cobrarlo, uno de los dos tiene que…
Ana miró a Alfredo y éste no supo qué cara poner.
— ¡No! ¿Pero cómo has podido pensar si quiera eso? ¿Esa es tu idea?
—Cariño, Paula y tú saldríais adelante sin mí. Lo sé.
—Debes estar de guasa. ¿Para qué coño quiero el dinero?
Ana se acercó a la chimenea y cogió el plato de porcelana china que
había encima. Con las mismas, lo tiró contra el suelo y se hizo pedazos.
—Mira, esto ya no hay que pagarlo. Ni esto. Ni esto. Ni esto.
Ana continuaba rompiendo objetos valiosos.
—Pero cariño, escúchame.
—No. Escúchame tú— le dijo Ana, en tono desafiante — Hasta ahora hemos
hecho las cosas a tu manera. Te dije que buscaría trabajo y me
convenciste de que tú trabajarías el doble. Te dije de vender esta casa y
me dijiste que no sería necesario. Te dije que pidiéramos ayuda a mis
padres y volviste a decir que tú te encargarías de todo. Y esta es la
solución que me traes. Quitarte de en medio. Si pudiera te mataba yo
misma, pero por ser tan estúpido. ¿No te das cuenta que si tú no estás
con nosotras, no tiene sentido seguir aquí?
—Déjame que te explique.
—No, Alfredo, no. Mañana mismo salgo a buscar trabajo. No es ninguna
deshonra. Muchas mujeres trabajan. Yo también lo haré. Y esta vez no me
vas a convencer de que la cosa está muy mal.
—Es que está muy mal.
—Me da igual. No pienso quedarme de brazos cruzados.
— ¿Y si no da resultado?
—Venderemos la casa.
—Pero si hoy día nadie compra.
—Eso también me da igual.
Ana se acercó a su marido, que evitaba su mirada. Ella puso las manos en su cara y le obligó a mirarla.
—Todo saldrá bien. No me casé contigo por tus negocios, ni por tu
dinero. Me casé contigo porque te quiero. Y si estamos juntos, no
importa si en una mansión o en un albergue, si estamos juntos, no
necesitaremos más.
Alfredo soltó una risita irónica.
—No sabes lo que dices. No tienes ni idea de lo que estás diciendo. Tú no sabes lo duro que puede llegar a ser.
—Ni tú tampoco.
—No. Pero tengo amigos que lo están sufriendo en sus propias carnes y no es nada agradable.
— ¿Sabes qué?— dijo Ana— no me importa la vida de los demás. Este mundo
de apariencia, de talante, de estatus… es una mierda. Yo lo que quiero
es vivir, contigo y con Paula. Y no me importa que me señalen con el
dedo. Prefiero perder todas mis cosas, antes que perderte a ti.
Alfredo abrazó a Ana con la esperanza de que su mujer tuviera razón y
todo cuanto a él le agobiaba, en verdad tuviera solución. Sería
maravilloso. Ahora que sabía lo dispuesta que estaba a ayudarle a salir
adelante, sintió más fuerzas que nunca y decidió que valdría la pena
intentarlo.
En ese momento recordó el trato que hizo esa misma noche. En aquel bar. Con aquel sicario.
— ¡Dios mío!— dijo, apartándose de Ana.
— ¿Qué ocurre?
—Tengo que ir a un sitio. Y tengo que ir antes de que sea demasiado tarde.
—Me estás asustando.
—Vuelvo en seguida.
Alfredo se dirigió a la puerta y antes de salir, volvió al lado de su mujer y le dio un beso.
—Volveré pronto. Te lo prometo.
Diciendo eso, se marchó. Ni siquiera escuchó cuando Ana le dijo que le quería... Ya nunca lo escucharía.
Claudia paseó su mirada por el lugar en el que se hallaba. A pesar de
que el sol lucía esplendoroso, no veía más que sombras. Las sombras de
un pasado que se negaba a abandonarla.
Allí, rodeada de árboles majestuosos y de tierra con olor a vida, sintió que el viento le susurró algo al oído. Se estremeció.
Hacía mucho tiempo desde la última vez que estuvo allí. Quizás demasiado. Pero hasta ese día no había sido capaz de regresar.
Recordó las tardes de risas junto a Joana. Tenían por costumbre
merendar allí mismo, sobre una roca grande, su roca. Pasaban las horas
contándose cosas, hablando de ésta y de aquella, de lo uno y de lo otro…
Ahora, muchos años después, la gran roca seguía en el mismo lugar, pero Joana ya no estaba.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. La echaba tanto de menos…
Por eso nunca antes había regresado. Era demasiado doloroso. Todavía se
creía culpable de lo sucedido. Ella era la mayor, debió cuidarla,
protegerla de aquella colérica tormenta, pero no lo hizo. No supo
hacerlo y Joana murió. Murió atravesada por un rayo que arrasó con dos
vidas aquel día. Porque en el instante en que su amiga cerró los ojos,
Claudia decidió morir con ella.
Ahora no sabía exactamente por
qué había regresado. Quizás necesitaba despedirse, decirle cuánto la
quería y la falta que le había hecho durante esos veinte años. Veinte
años, durante los cuales, Joana no abandonó sus pensamientos y en los
que no volvió a reír como cuando lo hacía con ella. Veinte años,
demasiado tiempo.
Lentamente, se acercó hasta la roca y se
sentó. Miró su superficie y repasó con el dedo las inscripciones que
antaño grabaron sobre ella.
Una sonrisa inesperada acudió a su
rostro. Entonces pronunció un “te quiero” que había estado esperando en
sus labios una eternidad.
En ese instante, las sombras que la
acompañaban, esas que siempre le habían seguido desde que Joana murió,
poco a poco, fueron desapareciendo y en lo más profundo de su ser,
Claudia sintió que su corazón de nuevo comenzaba a latir.