jueves, 20 de febrero de 2014

GRITÓ EL SILENCIO





Lloró el silencio enquistado
en la garganta del ayer
gimiendo a más no poder
por estar tan apresado.

Retorciéndose en su pena
estrangulado en su pesar
la vida ve pasar
soportando su condena.

Es tan fuerte su alarido
que no puede ni escuchar
la canción de libertad
que le cantan al oído.

Y por eso se revuelve
en su oscura realidad
esperando en soledad
ser hallada por la muerte.

Pero…

Pero entonces un suspiro
exhalado de repente
lo conduce hasta el presente
y lo arranca del olvido.

Y una dulce melodía
hace eco bajo el cielo
conquistando al mundo entero
con sus notas de alegría.

Orgulloso del sonido
que produce sobre el viento
no recuerda ya el tormento
que le hizo ser cautivo.

Y aunque pase mucho tiempo
y el silencio la persiga
ya la voz volvió a la vida
y explotó en el firmamento.

domingo, 16 de febrero de 2014

EL DESPERTAR DE LA PRINCESA



 

Después de un largo sueño, tan largo que parecía que había pasado toda una vida, la princesa dormida abrió sus ojos.
Enseguida reconoció el lugar en el que se hallaba. No porque lo recordara, no. Más bien, porque era el mismo lugar que ella había estado viendo mientras dormitaba. Y en medio de aquello, de la gran habitación adornada con flores silvestres y enredaderas que habían estado creciendo en su ausencia; en medio de todo aquello, ella.
Por fin, la princesa había despertado.

Se levantó de la cama que la tuvo cautiva tanto tiempo y se dirigió, con paso firme y decidido, a su vestidor. Buscaba algo que ponerse sobre su camisón, un camisón con olor a olvido.
Y entre todos sus vestidos, con encajes, con volantes, de seda, de terciopelo… enfundada en una tela, la encontró.
Sus ojos comenzaron a brillar en cuanto vio aquella armadura plateada. Resplandecía como si fuera un diamante que le hubiera estado aguardando una eternidad. En realidad, así era.
La apretó contra su pecho y sintió su poder, su fuerza.
Vistió su cuerpo con ella y cubrió su cabeza con la celada. Después se miró en el espejo. Jamás se había visto tan hermosa. Jamás.

Supo con certeza que toda su vida pasada, esa vida en la que había estado dormida, esa en la que el mundo no la había esperado para continuar y la que, más que vida había sido muerte; esa vida había acabado. Y que un nuevo comienzo la esperaba.
Pero en esta ocasión no permitiría que su tiempo se consumiera entre las sábanas de la indiferencia, no. Ni que las enredaderas continuaran ocupando más espacio en su mundo, sin su permiso. Esta vez desenfundaría su espada ante cualquiera que intentara hacerla dormir de nuevo.
Sí, aquel fue el despertar de la princesa. Una princesa que nunca renunció a su título, pero que llevó con gran honor la bravura que había escondido su alma durante tanto tiempo.
Y así fue como nació de nuevo, y quizás para siempre, la princesa guerrera.

LA ESTRELLA FUGAZ



 

Diego llegó a aquel lugar del que tanto había oído hablar.
Sacó de su caravana una hamaca y se sentó a admirar la belleza de la noche. Nunca se había sentido tan fascinado; miles de estrellas adornaban un cielo que parecía haber estado esperándole toda la vida. Sintió ganas de llorar y pensó que sería maravilloso poder contemplar aquel cielo cada noche.
En el momento en que secaba las lágrimas que empañaban su mirada, una estrella fugaz, tan hermosa como efímera, atravesó el firmamento.
Cuando se dio cuenta, se maldijo por no haber estado más atento; a aquella estrella podía haberle pedido ese deseo: ver el cielo estrellado cada noche.

Despuntó el día, mas ninguna otra estrella fugaz hizo acto de presencia aquella noche. Diego decidió entonces, que no se iría de allí sin formular su deseo, por ello se quedó en aquel lugar más tiempo.
Cuando cayó la noche, volvió a sentarse en su hamaca y a dirigir su mirada hacia el cielo. Había muchas estrellas, sí. Quizás incluso más de las que vio la vez primera. Pero la estrella fugaz, la que podía convertir su sueño en realidad, esa estrella no apareció. Ni aparecería el resto de noches en las que Diego continuó esperándola.

Decepcionado, se dispuso a marcharse, pero antes, agotando la esperanza que le quedaba, observó por última vez el cielo nocturno.
En ese momento, un lugareño se acercó y le preguntó si podía sentarse a su lado. Diego asintió, sin apartar la mirada del firmamento.
—Es precioso, ¿verdad?— preguntó el recién llegado.
—Lo sería más, si alguna estrella fugaz nos honrara con su presencia— contestó Diego.
— ¿Una estrella fugaz? Ah, ya entiendo. Quieres pedir un deseo.
—Sí. Y todas las noches, desde hace una semana, he esperado su aparición. Pero me voy a marchar de aquí sin ver mi deseo hecho realidad.
— ¿Puedo preguntarte cuál es tu deseo?
—Mi deseo no es otro, que poder ver este cielo estrellado cada noche. No creo que sea tanto pedir…
— ¿Hablas en serio?— preguntó el lugareño, sorprendido.
—Completamente— sentenció Diego.
El hombre negó con la cabeza, mientras chasqueaba la lengua. Por un instante, vio un matiz de desesperación en la mirada de su acompañante. Y poniéndose serio, le dijo:
— Yo puedo ayudarte. Solo tienes que cerrar los ojos un momento.
— ¿Bromeas? ¿Y si pasa la estrella fugaz y no puedo verla?
—Confía en mí. Yo puedo hacer que tu deseo se haga realidad.
Algo desconfiado, Diego cerró los ojos. Después de un rato, el lugareño le instó a que los abriera.
— ¡Dios mío, es precioso!—dijo Diego, asombrado— ¿Cómo lo has hecho? ¿Eres mago?
—No lo entiendes, ¿verdad?
Diego le miró sin saber a qué se refería. Enseguida obtuvo una respuesta.
—Cada noche, este precioso cielo estrellado te ha ofrecido su belleza. Durante todo el tiempo en que has estado esperando ver la luz de una estrella, te has perdido el resplandor que te brindaban las demás.
Cuando escuchó aquello, Diego comenzó a llorar. Y comprendió que su espera había sido en vano, pues había estado buscando algo que ya había encontrado.

domingo, 9 de febrero de 2014

VOLVERÍA



 

Ismael puso el intermitente y se dispuso a adelantar al camión que circulaba justo delante. Al pasar pos su lado, tocó el claxon y su colega, camionero como él, le devolvió el saludo de la misma manera.
Eran muchos los kilómetros que llevaba a sus espaldas. Muchas horas en la carretera. Muchos días amparado por el recuerdo de su familia. Una esposa y un hijo que le esperaban en una casa en la que apenas habitaba.
Al volver a incorporarse a su carril, Ismael miró al espejo retrovisor. Justo al lado, pegada en el cristal, estaba la foto que se llevó de casa la última vez que estuvo allí, hacía ya un mes y medio. En ella, Miriam, su esposa y Javier, su hijo, le sonreían.
Recordó que aquel día, de hacía un mes y medio, Javier le dijo que la próxima vez que volviera, le enseñaría la colección de cromos que pensaba comprarse aquella misma semana.
Ismael estaba ansioso por ver esos cromos. Le encantaba pasar tiempo en casa, con su familia, pero lo que más le gustaba era sentarse en la cama de su hijo mientras éste le contaba todo lo que había hecho en su ausencia.
Por un instante Ismael esbozó una sonrisa que, muy pronto, dio paso a un sollozo silencioso. Todavía le quedaban unas cuantas semanas para regresar a casa.
De repente, algo en la carretera llamó su atención. Algo que se dirigía a gran velocidad hacia él. Sin apenas tiempo para reaccionar, Ismael dio un volantazo. Aquello provocó que el trailer se saliera de la carretera y se precipitara hacia un barranco que no tuvo en cuenta los planes del camionero, ni las ganas que tenía de volver a casa.
Ismael no supo lo que había pasado. Y se preguntaba por qué, a pesar de estar todo en llamas, él ni siquiera sentía calor.

Al día siguiente, a dos mil kilómetros de allí, Javier jugaba con sus cromos, cuando su madre entró a su habitación llorando. Le contó que su padre no volvería de su viaje.
Javier le miró un poco sorprendido, pensando que su madre estaba más que equivocada. Su padre tardaba, eso era cierto, pero siempre volvía de todos sus viajes. Siempre. Por eso hizo caso omiso de lo que había escuchado y continuó su vida como si nada.
Mientras su madre se consumía día a día, Javier, tan ilusionado como siempre, marcaba en el calendario los días que pasaban, deseando volver a ver a su padre, su mejor amigo, su héroe…
Una tarde, al regresar del colegio, Javier se metió en su habitación como de costumbre. Pero esta vez le aguardaba una gran sorpresa. Con mucha alegría y sin perder tiempo, sacó su colección de cromos y la dejó sobre la cama. Después corrió en busca de su madre. Estaba tan contento… Cuando la encontró, le dijo eufórico:
— ¡¿Ves mamá? Te dije que esta vez también volvería!

viernes, 7 de febrero de 2014

SENTÍAN SIN SENTIR



 

Él venía del salón, ella del dormitorio y en mitad del pasillo, se cruzaron. Ambos agacharon la cabeza, escondieron la sonrisa y esquivaron sus miradas.
Pero en un efímero instante, sin ellos desearlo, sus manos se rozar
on y rescataron del olvido retazos de un pasado no muy lejano.
Una fingida indiferencia acudió a sus rostros. Un malestar que hacía tiempo sentían sin sentir. De sus bocas salieron resoplidos irritados, para no dejar escapar ese suspiro que mantenían preso desde hacía demasiado.

Cada cual siguió su camino, conteniendo el deseo de volver la vista atrás, de reencontrarse con esa persona a la que tanto amaron y por la que hoy se esforzaban para no sentir la ausencia que, de una manera acordada sin palabras, habían decidido compartir.
Se marcharon, él al dormitorio, ella a la cocina y en el pasillo solo quedó el silencio. Ese silencio que se había acomodado entre esas paredes y que convirtió en una casa entristecida, lo que alguna vez fue un hogar.