Y fue allí, en
medio de toda esa gente, de aquellas personas que nada tenían que ver
con ella; fue allí, en medio de la multitud, cuando Olga encontró la
respuesta que andaba buscando.
Siempre fue una soñadora, una mujer que vivía como si el mundo, de un momento a otro, le pudiera requisar el billete de su viaje.
Le gustaba contemplar los amaneceres porque, según ella, el momento en
el que el sol pintaba de colores la tierra, era el más sublime del día.
Una vez me contó que le emocionaba tanto observar aquella maravilla, que
podía escuchar los latidos de su corazón acelerado. Yo nunca he logrado
escuchar mis latidos, a penas si he podido notar mi pulso en alguna
ocasión. Pero ella sí podía. Ella era especial. Y es que no se
conformaba con existir, no. Olga vivía. Y cómo vivía.
Jamás he
conocido a nadie como ella, con esa vitalidad, ese entusiasmo, esa
pasión con la que mostraba su esencia… parecía un pájaro que disfrutaba
volando en libertad.
Por eso estaba tan cambiada últimamente.
Llevaba mucho tiempo recluida en una especie de cárcel voluntaria.
Porque, aunque le costó reconocerlo, ella misma minó su esencia.
Descendió su vuelo con tal velocidad, que chocó contra el suelo.
Al
principio no lo veía, no se daba cuenta, pensaba que era algo normal.
“Cuando convives en pareja hay que ceder en ciertos aspectos. Dejar de
hacer cosas que antes hacías”, decía. Pero es que ella había cedido por
completo hasta negarse a sí misma la oportunidad de expresar lo que
sentía dentro, por miedo a no saberse buena compañera de vida. Y, poco a
poco, aunque él no tuvo nada que ver, dejó de escuchar el palpitar de
su corazón.
Hicieron falta muchos, muchísimos amaneceres
olvidados, para recordarse a sí misma lo valiosa que era y la falta que
le estaba haciendo al mundo. Porque, aunque ella no era consciente, su
ausencia pesaba demasiado. Sobre todo para su propio ser.
Por fin
tomó la decisión. Le costó demasiado dar ese paso. No fue fácil, para
ninguno de los dos, pero él deseaba ante todo verla feliz y por eso no
trató de retenerla.
Finalmente, Olga se marchó. Se marchó en su propia búsqueda.
Al principio se encontró desubicada. Había deseado durante tanto tiempo
pertenecer a alguien, que ahora no acertaba a ser la dueña de su propia
vida. Pero, poco a poco, consiguió romper las cadenas que ataban sus
propias manos, sus propios sueños. Y todo cuanto había creído perdido,
hizo de nuevo su aparición.
Así, volvió a dejarse envolver por la magia del amanecer, y a batir sus alas, volando en libertad.
Ahora estaba en medio de toda esa gente, de aquellas personas que nada
tenían que ver con ella, preguntándose si él también se alegraría de su
regreso. Porque, ahora que volvía estar plena, deseaba más que nunca
compartir su esencia con él .Quería mostrarle a la Olga de siempre, sin
miedos ni limitaciones, sin ningún otro afán que poder descubrir lo
maravilloso que podía ser contemplar juntos un amanecer.
Pero ahora ya no dependía de ella. Era él quien debía decidir si merecía la pena redescubrirla.
Llevaba mucho tiempo esperando allí y todavía no había aparecido.
Quizás, después de todo, tendría que seguir volando en soledad.
Fue
entonces cuando ocurrió algo, algo que no le sucedía desde hacía tiempo:
comenzó a escuchar los latidos de su corazón. Eran tan intensos… En
seguida supo el porqué. Y es que, de entre la multitud, él hizo su
aparición.
De repente la gente desapareció y quedaron solo ellos
dos, acercando poco a poco sus cuerpos, sus almas, acercando de nuevo
sus vidas y sus ganas de compartir, esta vez sin ninguna limitación, su
maravillosa esencia.
Mari Carmen Sánchez Vilella
Pronunció aquello y fue como si mi corazón se resquebrajara.
No podía creer que me estuviera pasando a mí. A mí, que por fin me
sentía agradecido con la vida, que por fin me sentía un hombre nuevo…
La verdad es que no comprendí
la magnitud de sus palabras, hasta que me dio la contestación a la
pregunta que, a pesar de temer la respuesta, heroicamente le hice.
“Le amo”, sentenció, con una mirada amorosa. Una de esas miradas que
tanto me enamoraban y que tantas veces me había dedicado desde que me
conoció.
Supe entonces que la había perdido porque, si de algo
estaba seguro, era de lo que significaba amar a alguien. Yo, este hombre
que ahora tiene el corazón hecho jirones, la amaba con todo mi ser. Y
todavía la amo. Como sé que la amaré por siempre. Porque ella fue quien
me enseñó a caminar con la cabeza alta, quien me mostró la verdadera luz
que guardaba en mi interior, bajo una férrea fachada gris. Sí, fue ella
quien supo buscarme y quien logró encontrarme, a pesar de haberme
convertido en invisible a los ojos del mundo. Ella me dio tanto… Por eso
sé que jamás la dejaré de amar.
Pero ahora se ha marchado de mi
lado. ¿Cómo podré continuar como hasta ahora, si ella ya no está? No
podré, sé que no podré. Quizás vuelva a sumergirme en el lodo, a
esconderme del mundo. Si al menos pudiera hacer algo para convencerla de
que mi amor por ella es mucho más grande que el que le puedan ofrecer
los demás… Si supiera que yo sería capaz de morir por ella… Pero nada de
eso valdría, porque ella ya lo sabe. Se lo he demostrado día a día, al
igual que ella me lo ha demostrado a mí. ¿Qué debería sentir yo ahora?
¿Debería alegrarme por aquel a quien va a hacer feliz?
Lo siento. No puedo más que sentir tristeza.
Dicen que de los errores se aprende, pero… ¿cuál fue mi error? ¿Haberle
abierto las puertas de mi vida? ¿Haberla amado tanto? ¿Haberle
entregado mi corazón?
No. Jamás me arrepentiré de haberlo hecho. Lo
volvería a hacer mil veces. Además, ella no se merece mis reproches. Me
ha ayudado a creer en mí. Eso jamás lo había hecho antes nadie. No
tengo más que palabras de agradecimiento hacia ella. Se merece lo mejor.
Merece ser feliz. Y si es feliz al lado de otro hombre, pues que así
sea.
Quizás sí deba alegrarme por él de todos modos. Porque seguro que ella le enseña a amarse a sí mismo como me enseñó a mí.
Sí. Jamás voy a volver a desaparecer, ya no voy a mirar hacia el suelo.
Tengo tanto que mostrar… Me costará, sé que me costará, pero también sé
que ya no puedo ser el que era antes, porque ella me cambió. Y gracias a
ese cambio, ahora soy quien realmente quiero ser.
Le deseo lo
mejor. De corazón. Sé que mi dolor amainará y tendré la oportunidad de
sentirme completo conmigo mismo. Una nueva vida me espera. Y, aunque
ahora solo quiera llorar, pronto sentiré deseos de reír. De reír por
ella, pero sobre todo… de reír por mí.
Escuchando tus latidos
con el alma entre suspiros
yo me muero por tenerte
y abrazarte contra mí.
Anhelando oír tu llanto
consolarte con mi canto
desvivirme plenamente
para hacerte sonreír.
Mi alegría tiene nombre
y una vida que se esconde
tras los ojos aún cerrados
de quien pronto va a salir.
Harás de mi piel tu almohada
de mis ojos tu mirada
de mi pecho tu sustento
alimentando tu existir.
Y es que tengo tanta suerte
de tenerte aquí en mi vientre
que mi alma ya por siempre
pertenece a tu vivir.
No me busques en la sombra
ni en canciones del olvido,
no me busques en pantanos
ni vagando en el vacío.
No me hallo ya en la pena
ni lamiendo mis heridas,
y tampoco en la condena
de saberme enloquecida.
No me encuentro en el rincón
de una vida acobardada,
ni en agujas de un reloj
silenciado por la almohada.
No me busques, no me halles
no me encuentres, nada soy...
Nada soy que se parezca
a quien tú ya conocías,
porque mi alma, antes rota
ahora salta de alegría.
Y en los bosques yo me pierdo
respirando libertad,
sin temores, sin lamentos
y sin miedo al qué dirán.
Me camuflo en lo profundo
de lo verde del jardín,
bien sentada, acomodada
ahí, hartándome a reír.
¡Qué gustazo!... ya lo sabes
nunca más mi llanto esperes,
porque a cambio de una vida
he entregado ya mi muerte.
"Susana entró muy entusiasmada al despacho de Juan. No imaginó ni
por un momento en el enorme giro que daría su vida después de esa
mañana..."
Así comienza Amantes en el cielo. Una novela en la que he puesto buena parte de mi alma. Romántica,
emotiva, con momentos divertidos. Una novela que suele sorprender al
lector por los cambios de estilo y de trama y que suele gustar por la
cercanía de los personajes y de las situaciones. Una novela de amor,
escrita desde el corazón.
Amantes en el cielo
Disponible en la I Feria de Escritores Ilicitanos en L'Aljub de Elche, del 6 al 14 de junio.
También en la librería Ali i Truc, librolibro.es, www.ecu.fm y plataformas como Amazon, Dawson...