Y sucedió que una noche
comencé a soñar contigo. En mi sueño me mirabas y sonreías y después me
hablabas, me acariciabas, me besabas, me amabas…
Mi corazón se llenaba con cada una de tus palabras. Mi cuerpo se estremecía con cada una de tus caricias. Mi alma volaba con cada uno de tus suspiros. Era todo tan real…
Pero cuando desperté, desapareciste. Y en mi día, flamante de felicidad, en mi día notaba tu ausencia.
Con todas mis fuerzas deseé que llegara la noche para volver a verte. Y así sucedió.
A partir de entonces te soñaba cada noche.
Volvías a mirarme, a sonreírme, a hablarme, volvías a acariciarme, a
besarme y a amarme. Hasta que de nuevo despuntaba el alba y
desaparecías.
Me acostumbré a ello. Me acostumbré muy rápido. Pasaba mis días entre sueños de ilusión, gozando con tu aparición bajo la luna.
Era tan feliz…
Pero una noche algo sucedió. No viniste a visitarme. Y yo, por más que
te busqué entre los cientos de imágenes que acudían a mi mente, no te
encontré. Sentí una tremenda tristeza por haberte perdido. Y aquel día
al despertar, aquel día sentí más que nunca tu ausencia.
A
partir de entonces todo cambió. Me costó mucho comprender que no siempre
los sueños se cumplen. Que aunque yo soñara con soñarte, mi mente era
la que escogía.
Pero no me quedó más remedio que aceptarlo. Acepté
que ya no me volverías a mirar. Que ya nunca más volverías a sonreírme,
ni a hablarme, ni a acariciarme, que no volverías a besarme, ni a
amarme.
Pasado un tiempo volví a mi vida feliz, expectante de deseos, ilusiones y sueños “reales”.
Y aunque nunca me olvidé de ti, sentí que mi corazón volvía a latir con normalidad…
Hasta que te vi.
Yo, desconcertada, pensé que habías vuelto a mis sueños. Pero no estaba
dormida. ¡Y eras tú! Me miraste y sonreíste. Después te acercaste muy
despacio y me dijiste algo. Algo que me hizo estremecer. Me dijiste que
yo era la mujer de tus sueños.
Después me acariciaste y me besaste. Y esa misma noche, bajo la luz de la luna, me amaste.
Fue todo tan bonito. Fue como un sueño, sí. Un sueño hecho realidad.
Julián miró el bocadillo que tenía entre sus manos. Después de cavilar,
lo volvió a envolver y se levantó del banco en el que se había sentado a
comer.
Se dirigió hacia su casa. Tenía pensado pasarse el
día buscando trabajo, pero decidió que un poco de compañía quizás le
levantara el ánimo. Después de todo, las últimas dos semanas no había
estado haciendo otra cosa y ya echaba de menos un buen plato de comida
caliente.
Mientras caminaba, le vino a la mente la propuesta de
Paco. Paco era su mejor amigo y en más de una ocasión, le había sugerido
la idea de formar una sociedad. Cada uno aportaría algo de dinero y
entre los dos se las ingeniarían para sacar el negocio a flote.
Era cierto que la construcción estaba cada vez más en declive, pero no perdían nada por intentarlo. O quizás sí.
El caso es que Paco, su mejor amigo, sería el socio que cualquier
empresario desearía tener. Leal, amable, sincero, a veces juerguista y
muy amigo de sus amigos. Además, Gloria, la mujer de Julián y Olga, la
esposa de Paco, habían hecho muy buenas migas desde que se conocieron y
muchos días comían juntos los cuatro. Y en más de una ocasión, Julián le
había pedido a Paco que se pasase por casa a hacerle compañía a Gloria,
ya que Laura, su única hija, estaba estudiando fuera. De no haber
estado Olga trabajando, sin duda se lo hubiera pedido a ella. Pero Paco
era de confianza. Era un amigo de los que ya no quedaban. Sí. Paco era
un tipo genial.
En estos pensamientos andaba Julián, cuando llegó a su casa.
Abrió la puerta y encontró que todo estaba más silencioso de lo
habitual. No es que aquella fuera una casa de locos, ni mucho menos.
Pero siempre había algún ruido. Cuando no era la lavadora, era el
televisor o la radio. Nunca había estado tan silenciosa como en aquella
ocasión. Y, desde luego, Gloria estaba en casa, pues sus llaves
descansaban sobre el recibidor.
Algo extrañado, Julián entró al
salón. Sobre la mesa, cubierta por el mantel de las ocasiones
especiales, dos servilletas de tela, dos platos de la vajilla nueva, dos
copas, dos cubiertos, dos candelabros ¿Candelabros? ¿A qué se debía
tanto preparativo? Gloria sabía de sobra que él no iría a comer.
Julián comenzó a ponerse nervioso. Allí estaba pasando algo.
Echó un vistazo a la casa y se percató de que la puerta de su
habitación estaba cerrada. Aquella puerta nunca se cerraba. Es más,
Gloria ponía el grito en el cielo cada vez que a Julián se le olvidaba
ese detalle. Y muchas de sus pequeñas peleas matrimoniales venían por
asuntos banales como el hecho de olvidar que la puerta de la habitación
de matrimonio debía estar siempre abierta.
Pero esta vez estaba cerrada y la casa seguía muy silenciosa.
Julián se acercó despacio, muy despacio. Cuando iba por mitad del
pasillo escuchó algo. Eran unos susurros procedentes del interior de la
habitación.
El pulso se le aceleró y allí, en mitad del pasillo, su
mente empezó a resolver el galimatías que él mismo se estaba creando
desde que llegara a casa.
Sus ojos ya estaban viendo una escena
de cama en la que su mujer y un desgraciado, se revolcaban entre sus
sábanas. Era la típica escena que venía aderezada por el sonido de un
saxofón.
Ya sabía las palabras exactas que pronunciaría cuando los
tuviera delante, desnudos y avergonzados por su comportamiento. No
escatimaría en halagos y verdades pútridas.
También sabía lo que pasaría a continuación.
Él, el cerdo
que se estaba beneficiando a Gloria, se iría corriendo con su asqueroso
miembro ya empequeñecido. Eso sí, no le permitiría coger nada de ropa.
Que todo el vecindario se diera cuenta de lo sinvergüenza que era.
Ella, su queridísima y hasta ese momento fiel esposa, intentaría explicarle que aquello no era lo que parecía.
Pero él no pensaba escuchar ni una sola palabra que saliera de aquella
boca que, a saber cuántas otras veces le habría mentido antes. No. Se
daría la vuelta y le dejaría suplicándole que la escuchara.
Se
acercaría tranquilamente hasta el recibidor. Cogería las llaves y
pegaría un portazo lo suficientemente sonoro, como para que le retumbase
el corazón a la mujer que tanto daño le acababa de hacer.
Se
montaría en el coche y se marcharía lejos, muy lejos. Tan lejos como
pudiese. Tendría que aclarar sus ideas y eso solo lo conseguiría
abandonando la ciudad.
Se hospedaría en algún motel de carretera y allí, en mitad de ninguna parte, permanecería una semana.
Durante ese tiempo, claro está, Gloria le llamaría insistentemente para
disculparse y pedirle que regresara a casa. Pero él no volvería. No
estaba dispuesto a perdonarla. Aquella infidelidad, aquella humillación,
no obtendría otra respuesta que una demanda de divorcio. Sí. Ese sería
el mejor de los castigos, privarla de su compañía, de sus atenciones y
de su amor.
Y no acabaría ahí la cosa, no. Se encargaría de gritar a
los cuatro vientos que Gloria, su muy pronto ex mujer, no era más que
una golfa.
Además, pensaba vender la casa y su parte del dinero la
emplearía en montar la empresa con Paco. Se irían de cena los tres,
Paco, Olga y él y alguna noche loca, de esas en las que Paco se pasaba
bebiendo y perdía la noción, se acostaría con Olga. Sí. Esa era una de
las fantasías que siempre le había rondado por la cabeza. Acostarse con
Olga. Con ese cuerpazo, y esa mirada picarona. Dios, qué ricura.
Mientras tanto, Gloria iría llorando por los rincones y arrepintiéndose de haberle sido infiel.
Ya no podría pasarse las tardes muertas mirando la tele mientras Paco le hacía compañía...
De repente le vino un pensamiento a la cabeza ¿Sería posible que el
cabrón que estaba dentro de la habitación con su mujer fuera Paco?
Comenzó a resoplar, mientras apretaba los puños. Si era así, ya podía ir
despidiéndose de él, porque le mataría. ¿Cómo había sido capaz de
engañarle? Él era su mejor amigo. No, no permitiría una humillación como
esa.
De nuevo comenzó a imaginar lo que pasaría si estaba en lo cierto.
Iría a la
cocina y cogería el cuchillo más grande que encontrara. Después se
acercaría sigilosamente y abriría la puerta de la habitación.
Ellos, los desgraciados que estaban siéndole infieles, comenzarían a chillar de miedo.
Él sonreiría mientras levantaba el brazo que portaba el cuchillo. Ellos
implorarían su perdón, pero él descargaría su rabia contra el pecho del
cerdo de Paco. Y, mientras éste empezase a moverse espasmódicamente,
miraría a Gloria con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa en sus
labios. Aquellos labios que jamás volverían a besarla. Alzaría de nuevo
el brazo y hundiría el cuchillo sobre su pecho. Sí. La sangre le saldría
a borbotones y sus ojos implorantes se cerrarían para siempre.
Después lo limpiaría todo, mientras, sonaría una música acelerada. Se
desharía del arma homicida y se marcharía lejos, muy lejos. Tan lejos
como para dejar todo aquello atrás.
Se hospedaría durante algún
tiempo en un motel de carretera y después de mucho desfogarse aquí y
allá, con ésta y con aquella, saldría del país y comenzaría una nueva
vida.
Julián se relamía, pensando en todo aquello. De repente,
la puerta de la habitación se abrió y él, que permanecía en mitad del
pasillo, no supo cómo reaccionar.
Gloria salió ajustándose la bata y se sobresaltó al verle.
— ¿Qué haces aquí?— le preguntó, extrañada.
— ¿Interrumpo algo?— preguntó él, irónicamente.
Gloria advirtió algo extraño en la mirada de su marido.
— ¿Qué te ocurre? ¿Por qué me miras así?
—Es Paco, ¿verdad? El muy cabrón ha sabido hacerte compañía muy, pero que muy bien.
— Pero ¿de qué estás hablando?
—No intentes engañarme, zorra. Dime, ¿ha sido igual durante las dos
semanas que he estado buscando trabajo?— preguntó, con la cara
desencajada.
—Me estás asustando— dijo Gloria, algo temerosa.
—Motivos tienes. Yo en tu lugar, empezaría a implorar. Y si tanto
aprecias a ese que tan bien te maneja, ve despidiéndote de él.
—Julián, por favor.
Julián se dirigió a la cocina con grandes zancadas. Mientras, Gloria le seguía sin saber qué le ocurría a su marido.
— ¿A qué viene este numerito?— le preguntó la mujer.
Julián abrió el cajón de los cubiertos y sacó el cuchillo de cortar jamón.
— ¿Qué vas a hacer con eso?— dijo Gloria, asustada.
Apártate, zorra. Voy a hacer algo que debí hacer hace mucho tiempo.
Al ver que Julián se dirigía hacia el dormitorio, Gloria se interpuso en su camino.
—No se te ocurra entrar ahí— le amenazó.
—Mírame bien. Voy a matar a ese hijo de perra y después haré lo mismo
contigo. De mí no se ríe nadie. Y después me tiraré a Olga. Me la tiraré
como tantas veces he pensado que haría.
Gloria entró corriendo a la habitación y abrazó a su hija, que se había despertado con tanto grito.
Cuando Julián la vio, no supo muy bien lo que estaba sucediendo. ¿Qué
hacía Laura allí? ¿Y Paco? ¿Dónde estaba ese mal nacido? Se miró
entonces la mano y vio el cuchillo. Lo soltó, aterrorizado. Después se
acercó a la cama, lentamente.
—No des ni un paso más— le dijo su mujer.
Julián miró a Gloria y arrepentido intentó disculparse.
—Gloria, cariño, yo…
Laura, que no se había dado cuenta del gesto de su padre, preguntó:
— ¿Qué pasa mamá?
—No pasa nada, cariño— le contestó amorosamente, mientras la abrazaba con más fuerza.
Pero Laura se apartó.
—A mí no me engañáis. Aquí está pasando algo. ¿Papá?— preguntó la joven, esperando una respuesta.
—Ya has oído a tu madre. No pasa nada, ¿verdad, cariño?
Julián miró a Gloria con gesto esperanzado y ella, muy apenada, negó
con la cabeza. Después de un momento, en el que la mujer tuvo que
procesar mucha, muchísima información, comenzó a decir:
—La verdad…
Tanto Julián como Laura permanecían expectantes. Ambos deseaban saber cómo terminaría aquello. Finalmente, Gloria sentenció.
—La verdad es que tu padre y yo, nos vamos a divorciar.
La tierra me permite
plasmar en ella mis pasos,
el viento me susurra
al oído una canción.
El sol llena de luz
mi día con sus rayos,
el agua me refresca
e hidrata mi interior.
En mi alma está fluyendo
energía bella y pura,
que desprendo alegremente
entre risas y fulgor.
La paz recorre mi cuerpo
llenándome de vida,
esto es lo que deseo
amor, amor, amor.
Yo me he dado cuenta de que he perdido mucho tiempo pensando en usted y
dándole explicaciones de por qué ya no quiero seguir esperándole. Es
más, me he dado cuenta de que por usted ya apenas siento nada.
Y de que aquellos recuerdos que antes grabé a fuego en mi corazón, poco
a poco se van borrando. Puede parecer frío, pero me alegro de ello.
Porque el espacio que llenaban, ahora ha vuelto a quedar vacío y en él puedo dar cabida a otro amor.
Y la verdad es que me apetece volver a sentirme amada. Amada, sin
miedos ni condiciones. Amada, sin agenda ni horarios, sin dudas ni
arrepentimiento... Amada, sí. Amada, sin más.
Por eso he vuelto
a salir de mi cautiverio. Por eso he vuelto a aparecer ante el mundo
con una sonrisa amplia y descarada. Con unos ojos brillantes de ilusión.
Y con un corazón contento y ansioso de felicidad.
Y mientras llega
ese hombre que quiera compartir su vida conmigo y desee que yo haga lo
mismo con él, mientras llega ese hombre, pienso disfrutar cada instante
que la vida me ofrezca.
Estoy dispuesta a sentir en mi piel la magia
del deseo y la pasión. Porque he permanecido en la sombra demasiado
tiempo, esperando una señal que jamás llegó.
Ahora yo he
decidido vivir, robarle al mundo una sonrisa y prenderla en mi pelo. He
decidido sentir, sentir que no estoy muerta, aunque lo cierto es que en
algún momento del pasado, así lo sentí. Y quiero gozar, gozar de mi
juventud y recuperar el tiempo que sin darme cuenta con usted perdí.
Tan solo quería que supiera que esta mujer que un día suspiró por
usted, ahora está dispuesta a perder el aliento riendo, disfrutando y
sintiendo el aroma del deseo y el sabor de la pasión.
Y no piense
que se lo digo para que se arrepienta de haberme perdido. No es esa mi
intención. Se lo digo para que siga disfrutando con ella sin tener que
preguntarse más qué debe hacer, ni lamentarse de no poder
corresponderme. Ya no es necesario. Porque yo ya lo he decidido. He
decidido volver a vivir.