Me llamaba Golondrina porque, según él, siempre estaba en las nubes. Y era cierto.
Yo soñaba despierta. Soñaba que volaba alto. De hecho, un día lo hice, abrí mis alas y comencé a volar.
Él se reía de mis locuras, de mi entusiasmo, de mi afán por alcanzar el infinito.
Pero poco a poco, su risa fue enmudeciendo, dando paso a un silencio
enmascarado por unos ojos melancólicos, sedientos de compañía.
Eso
me entristecía, porque lejos de querer bajar a tierra donde él
permanecía, sentía deseos de volar más alto. Porque yo no quería ser una
golondrina. Quería ser un halcón.
A medida que alzaba el
vuelo, le iba perdiendo de vista. Ya apenas distinguía su silueta,
tantas veces abrazada por mí. Le echaba de menos, le echaba mucho de
menos. Pero yo necesitaba volar, porque cada vez que mis alas
acariciaban el viento, mi corazón se sentía en libertad.
Llegó un
momento en que miré hacia abajo y ya no le vi. Sentí una gran desdicha,
pues sabía que se había cansado de esperarme y se había marchado. Lo
comprendí, ¿cómo no iba a hacerlo? Después de todo fui yo la que cambió.
No podía esperar que él hiciera lo mismo si no lo sentía así.
Pasado un tiempo decidí descender mi vuelo y recorrer aquellos parajes
que tantas veces habíamos disfrutado juntos. Necesitaba despedirme de
él.
Por eso le busqué. Le busque durante mucho tiempo, pero no lo
hallé. Entonces comencé a llorar. Porque en ese momento sentí más que
nunca su ausencia. Y me pregunté si debería haber desoído a mi corazón,
pero es que gritaba tan fuerte en mi pecho… Entre lágrimas pasé la
noche, posada sobre una rama.
Cuando comenzó a despuntar el
día, intenté levantar el vuelo, pero no pude. Mis alas estaban
atrofiadas. En mi corazón sentí una carga y en mi mente una voz me
susurró: “No eres un halcón, ni siquiera eres esa golondrina que solías
ser. Ya nunca más volverás a volar”.
Caí al suelo, me precipité
hacia la realidad, hacia la cruda realidad de miserias, tristeza y
soledad. Pensé que aquel sería el precio que debía pagar por haber
intentado desafiar a las leyes naturales. Que mi osadía bien valía aquel
sentimiento de desamparo.
Miré hacia el cielo y vi una bandada de
pájaros, un precioso grupo de golondrinas que teñían de negro el viento.
Cómo me hubiera gustado alzar el vuelo y surcar los cielos junto a
ellas…
Pero sabía que no podía, pues mi sitio era aquel en el que estaba y, por mucho que lo deseara, jamás volvería a volar.
Entonces, una voz me sobresaltó.
— ¡Ey, Golondrina!
¡Era él!, ¡Había vuelto! Comencé a buscarle.
— ¡Golondrina!— me repetía.
Pero yo no le veía. No le encontraba a mi alrededor.
— ¡Aquí arriba, Golondrina!
Miré hacia arriba y le vi, posado sobre una rama. Me alegré tanto de
verle, que de un salto llegué junto a él. Con gran curiosidad le
pregunté cómo había llegado hasta allí.
Él me contó que un día
decidió intentar levantar el vuelo. Le costó muchísimo y estuvo tentado
de rendirse en más de una ocasión, pero quería sentir la felicidad que
yo sentía, siendo la Golondrina de la que se enamoró.
Por fin un día
consiguió acariciar el viento, pero entonces yo comencé a volar más y
más alto y ya no pudo alcanzarme. Sin embargo, no deseó volver a pisar
la tierra, porque allí se sentía en libertad.
Me lo contaba y
no me lo podía creer. Mientras yo me perdía a mí misma, descendiendo
hasta el suelo, él había aprendido a volar.
Me sentí muy feliz y
pensé que sería maravilloso compartir el cielo con él. Comprendí
entonces que prefería seguir siendo una golondrina que compartía su
pasión y su esencia, a ser un halcón que volaba muy alto, pero en
soledad.
— ¿Volamos, Golondrina?— me preguntó, sonriendo.
Ambos comenzamos a acariciar las nubes, mientras que el grito de un halcón solitario hizo eco en el cielo.
Carmen miraba los coches
pasar. Desde hacía un tiempo, aquello se había convertido en su
pasatiempo favorito. Salía al balcón, se apoyaba en la barandilla y
miraba hacia la calle desde su sexto piso.
Podía pasarse horas y horas mirando, observando, escudriñando. Y le
daba igual seguir el trayecto de un coche, desde que asomaba por la
esquina de arriba; que ver el desenlace de aquella pareja que discutía
por Dios sabe qué estupidez.
Cualquier cosa, cualquier escena, cualquier situación, contaba con su curiosa mirada.
Comenzó a dar un repaso general al estado de su calle.
El barrendero, como cada día, limpiaba la acera mientras escuchaba
música. A Carmen le gustaba. Al menos, desde su posición, parecía un
chico guapo. Bueno, chico, lo que se dice chico, no era. Sus cuarenta
años no se los quitaba nadie. Pero con ese cuerpo… no era el típico
cuerpo Danone, con barra de chocolate y músculos trabajados. Más bien
era flaquillo. Pero es que ese era el tipo de cuerpo que a ella le
atraía.
La mujer no comprendía por qué, en estos últimos tiempos,
se había puesto tan de moda eso de la metro sexualidad. Esa es otra. A
ver por qué le llaman así. Qué tendrá que ver la velocidad con el
tocino. En fin. El caso es que ese chico, bueno, ese hombre, le gustaba,
al menos desde allí arriba.
Dejó de lado al barrendero y
centró su mirada en una anciana que paseaba a su perro. Era un perro
pequeño. No podía ser de otra manera. Carmen no se imaginaba a una mujer
de aquella edad, sacando a pasear a un Pitbull. En nada que el animal
oliera a una perra en celo, la mujer tendría todas las papeletas para
terminar de bruces en el suelo.
No, este perro no era muy grande.
Tampoco es que fuera una miniatura, como esos perros Chihuahua que
apenas se ven. Éste algo sí se veía, al menos desde su sexta planta.
“Vaya, ya está el chucho estropeando la rueda de ese coche. Y la mujer ni se inmuta. ¿Para qué? Si nadie le dice nada…”
En ese momento, el hombre que está pasando al lado de la anciana, se
queda mirando la escena. “¡Vamos! ¡Dile algo! ¿De qué tienes miedo, de
qué te suelte al perro? Sí, eso, vete, vete… Cagado”.
Indignada, Carmen decidió entonces seguir los pasos de un joven que
andaba con paso ligero. Iba bastante deprisa. Bueno, tampoco tanto. Lo
justo para llegar a tiempo a algún sitio al que no se quiere llegar
tarde. Quizás tuviera una cita con la chica rubia de la esquina de
abajo. Aunque… ahora que la miraba mejor, muy rubia tampoco era. Más
bien tenía el pelo color ceniza. Eso le pareció desde aquella altura.
“¡Bingo! Venga, ahora los dos besitos, para que nadie sospeche que en
menos que canta un gallo, esos besitos terminarán siendo lametones en
otros lugares del cuerpo. Ay señor, esta juventud...”
Cuando la
pareja se perdió al doblar la esquina, los ojos de Carmen se posaron en
el autobús que se acercaba calle abajo. Al pasar por debajo de su
balcón, paró y comenzó a pitar. Y es que un coche le impedía el paso. El
coche era el mismo que el día anterior estaba aparcado al lado del
kiosco. ¿Era ese o era uno parecido? La mujer estaba en duda, como desde
esa distancia no podía ver la matrícula…
El autobús continuaba pitando. Carmen se quedó mirando el techo o el capó o como se llame la parte de arriba de los vehículos.
Tenía una especie de recuadro en el centro. Era de color blanco y parecía una colchoneta. Eso parecía desde allí arriba.
En ese momento, una idea pasó por la cabeza de la mujer... ¿Qué se sentiría al saltar desde su balcón?
Carmen comenzó a imaginar… ¿Sentiría libertad mientras durara su vuelo?
Quizás sentiría miedo. Miedo a parecer ridícula. Seguro que Josefa, la
del cuarto, la vería pasar delante de sus narices. Ella siempre estaba
asomada al balcón. Con lo cotilla que era, daba por sentado que su
hazaña se convertiría en la comidilla del barrio durante, al menos, dos
semanas.
Cabría la posibilidad de saltar cuando ella desapareciera
momentáneamente. Para eso tendría que esperar a las dos de la tarde, que
es cuando abandona su puesto de guardia para ir a comer. Y ahora eran…
las dos menos cinco. “Cinco minutitos Josefa, cinco minutitos y tu
voluminoso cuerpo podrá engordar un poco más”.
El autobús
seguía pitando y el dueño del coche no se dignaba en aparecer. “Ay que
ver. La gente parece estar sorda. O eso, o tienen horchata en lugar de
sangre. Porque vamos, dejar un coche en doble fila y no preocuparse de
asomar la cabeza desde donde esté, para saber si es el suyo el que
molesta…”
Carmen seguía mirando el techo del autobús y el recuadro central cada vez se parecía más a una colchoneta.
Quizás, si cayera justo encima, no se haría daño. Pero para eso debía
tener buen ojo. Aunque ella era bastante buena en eso de la puntería.
Desde que su hijo se trajo la diana que le dio su exmujer con el resto
de sus cosas, había practicado bastante. Vamos, que se podía decir que
casi, casi, podía competir en las liguillas del barrio. O sea, que por
esa parte no habría problema. Sólo tendría que colocarse unos
centímetros más hacia la derecha.
Comenzó a excitarse pensando en
la hazaña que podría llevar a cabo. Estaría genial sentir la libertad de
un pájaro, aunque solo fuera un instante.
Dos minutos para las dos.
El coche todavía en doble fila. Un paso hacia la derecha y posición
correcta. La colchoneta llamándole. Josefa a punto de marcharse. El
autobús bajo su balcón.
Los pies que no alcanzan para subirse a la
barandilla. “Oh no”. Si se va a buscar una silla, cuando vuelva, habrá
perdido la posición exacta. No pasa nada, se suelta un poquito el moño y
utiliza una de las horquillas para marcar el lugar. “Perfecto”.
Rápidamente se dirige al comedor y saca al balcón una silla. No importa
que esté tapizada. Se quita los zapatos y así no la mancha.
Las dos.
Josefa desaparece. Carmen se sube a la silla y coloca las manos en la barandilla.
Pone un pie sobre ésta. El derecho. Al ir a poner el pie izquierdo, se
da cuenta de que un hombre sale corriendo de una tienda de veinticuatro
horas. ¿Será el dueño del coche? Quizás aún le de tiempo.
Apresuradamente, sube el otro pie a la barandilla y, al tratar de
incorporarse, el peso del cuerpo le hace precipitarse hacia la calle.
“Maldición”.
El cuerpo de Carmen, que ya no iba a caer justo
encima de la supuesta colchoneta, rebota contra el toldo del tercer piso
y choca contra un capó. Pero no el del autobús, sino el del coche que
está aparcado a su lado.
Su cabeza magullada, se queda colocada de tal manera, que su cara queda justo a la altura de las ventanillas del autobús.
Los rostros de pavor de los pasajeros, fue lo último que vio antes de cerrar sus ojos.
Cuando los volvió a abrir, estaba tumbada en el suelo. De entre las cabezas que la rodeaban, Carmen adivinó la del barrendero.
“La verdad, me parecía más guapo desde allí arriba”.
Roí mis huesos para hallar mi esencia.
Los roí, con los pocos dientes que me quedaban, después de haber mordido mi carne con el mismo propósito.
El sonido chirriante de la costilla carcomida, me hizo sentir náuseas, pero no cesaría en mi empeño. Nada ni nadie me haría desistir.
Soñaba con tener mi corazón entre mis manos, notar su latido, encontrar mi verdad.
Pronto mis vísceras quedaron al descubierto. Lloré de alegría al ver
que lo había conseguido. Por fin podría ser feliz, al sentir mi corazón.
Pero cuando lo cogí, ya no era más que un órgano arrugado. Ni siquiera palpitaba.
No podía ser. Eso no era lo que debía ocurrir. Después de todo el
sufrimiento por el que había pasado, después de mutilar mi ahora
sangrante cuerpo, esto era lo que me encontraba; un trozo de carne
muerta.
El ansia de encontrar mi esencia, me llevó a buscarla de la peor manera posible y yo misma me devoré.
Ya no podría ser feliz, porque esta pobre caníbal había dejado de existir.