jueves, 15 de mayo de 2014

EL MAR



 

Kasandra llegó a su casa, saludó a su madre y, a pesar de encontrarse la mesa puesta, se metió en su habitación. Tenía mucho trabajo por delante. Su profesor le había encomendado la tarea de escribir una redacción sobre el mar y tenía que salirle perfecta.
Así pues, se sentó en su escritorio, cogió papel y bolígrafo y comenzó a escribir.
“El mar: el mar es una composición de dos palabras: el y mar. El es un artículo masculino que acompaña a un nombre. Mar es un nombre común, compuesto por tres letras: la eme, que es la decimotercera letra del alfabeto, la a, que es la primera y la erre que es la decimonovena. En el alfabeto griego la eme se escribe…”
Kasandra dejó de escribir, arrugó el papel y lo tiró a la papelera. No le gustaba nada lo que estaba escribiendo. Parecía que estaba copiando lo que su profesor de lenguaje le dictara. Resopló, le dio vueltas a su mente y se metió en Internet, en busca de datos técnicos sobre el tema. Encontró una página en la que estaba reflejada la composición del agua del mar y, cogiendo una nueva hoja de papel, comenzó a escribir.
“El mar: el mar es una gran masa de agua salada que ocupa un alto porcentaje de la superficie total de la Tierra. El agua del mar está compuesta por H2O, o lo que es lo mismo, agua, cloruro de sodio, cloruro de magnesio, sulfato neutro de sodio…”
Nuevamente, Kasandra dejó de escribir y arrugó el papel sobre el que estaba plasmando sus letras, tirándolo después a la papelera. Esta vez, parecía que se trataba de su profesor de física y química explicando la lección.
La muchacha se levantó de la silla y se dejó caer sobre su cama. Miró hacia el techo de la habitación. No sabía qué podía escribir para agradar a su profesor. Mientras pensaba eso, su madre entró a su habitación. Kasandra, justificándose por no sentarse a la mesa, le dijo que estaba escribiendo una redacción, pero que no sabía cómo hacerla, pues cada vez que comenzaba a escribir, se daba cuenta de que lo que plasmaba en el papel no tenía calidad.
La mujer le animó, diciéndole que siempre escribía muy bien y que seguro que se le ocurría alguna cosa y le dio un consejo: “Limítate a ser tú. Hagas lo que hagas, haz lo que te agrade a ti. Si escribes lo que a ti más te gusta, podrás compartirlo con los demás, poniéndole toda la pasión que sientes”.
Amparo le dio un beso a su hija y salió de la habitación.
Kasandra volvió a mirar al techo, tan blanco, con esos pegotitos de gotéele que siempre le habían gustado. Inconscientemente comenzó a crear formas en el techo. Encontró un grupo de puntitos que formaba lo que parecía ser una cara de gorila, con sus anchas narices y sus pequeños ojos. Un poquito más hacia la derecha se podía adivinar la figura de un barco, con su bandera al viento. Kasandra no pudo evitar sonreír. Recordó cuando, de pequeña, su primo se burlaba de ella por tener tanta imaginación, pues él sólo veía pegotes de pintura sobre un fondo blanco. La muchacha nunca entendió por qué su primo, a pesar de tener su misma edad, era tan poco imaginativo. Si se hubiera parado a mirar más detenidamente y hubiese utilizado su imaginación…

Kasandra se sentó de repente. ¡Claro!, ya sabía por qué esta vez no le salían las palabras. ¿A quién pretendía engañar? Siempre que escribía, lo hacía desde su imaginación. No utilizaba diccionarios, ni ayudas. No necesitaba ninguna opinión, ni la aprobación de nadie. Lo hacía simplemente porque le gustaba. Más que gustarle, le encantaba. Su madre tenía razón, debía escribir lo que ella sentía.
Así pues, decidió olvidarse de los tecnicismos y de las teorías implantadas.
Se sentó de nuevo en su silla, cerró los ojos, respiro profundamente, volvió a abrirlos y comenzó a dejarse llevar.
Estuvo escribiendo sin parar largo rato. Durante ese tiempo, fue como si su cuerpo estuviera sentado en esa silla, mientras su corazón volaban allá donde su mente estaba.
No sentía hambre, ni cansancio, ni sueño, ni ninguna otra necesidad que la de expresar lo que guardaba dentro. Las imágenes le venían a la mente, su corazón las sentía y su mano las plasmaba en el papel. Kasandra no podía ser más feliz. Era su momento de paz. Allí nada ni nadie podía perturbar su tranquilidad. Era lo que más le gustaba hacer en el mundo y no necesitaba demostrárselo a nadie. Le bastaba con gozarlo, con saborearlo, con sentirlo, con vivirlo.
Cuando hubo terminado la redacción la releyó y corrigió los errores ortográficos: alguna coma mal puesta, alguna hache que se le había pasado por alto, alguna uve ocupando el lugar de una be… Cuando ya la había leído tres veces, se colocó delante del ordenador y acariciando el teclado, comenzó a transcribir lo ya escrito. En una ocasión, su madre le preguntó por qué hacía el trabajo doble, por qué no escribía directamente en el ordenador para ahorrarse tiempo y esfuerzo. Ella le contestó que aquella era su manera de escribir, pues sentía que el teclado era demasiado frío y la pantalla demasiado hermética. Ella prefería sentir el bolígrafo entre sus dedos, ver su letra plasmada sobre el papel y acariciar el suave relieve que producía su escritura.
Una vez hubo terminado de transcribir su redacción, la imprimió. La muchacha salió de su habitación llena de orgullo y fue en busca de su madre. Siempre que escribía algo le gustaba compartirlo con ella. La halló en la cocina. Llena de entusiasmo le dijo que ya había terminado la redacción, a lo que su madre le preguntó si se la quería leer.
Kasandra sonrió, miró su escrito, carraspeó y comenzó a leer:

“El mar. ¿Qué es el mar? El mar no es un espacio, ni un lugar. El mar no tiene tiempo ni edad. El mar es un sentimiento que me invade de felicidad, inundando cada poro de mi piel. Es mi rincón favorito. Es el lugar al que huyo cuando no tengo ganas de estar con nadie más que conmigo misma. Es un todo precioso, formado por miles de gotas que juguetean entre sí formando las olas.
Me encanta la sensación de bienestar cuando me estoy acercando a él, cuando percibo su suave perfume, cuando noto la arena bajo mis pies, cuando escucho el rumor de las olas en el atardecer.
Es tan agradable ver a las gaviotas revoloteando a su alrededor, planeando sobre él.
La brisa acaricia mi cabello, y estremece mi piel, pues soy muy feliz cuando me hallo frente a él.
Poco a poco voy metiendo mis pies en sus frescas aguas. A medida que avanzo, siento todo su poder sobre mí. Me invade una sensación de plenitud cuando sumerjo todo mi cuerpo en él.
El mar es el reino en el que habitan los seres submarinos más fantásticos del mundo. Estrellas de mar ataviadas con trajes relucientes, pulpos gigantes que me saludan ocho veces, una con cada tentáculo. Peces de colores que hacen las delicias de mi vista. Caballitos de mar, tan grandes que me puedo montar en ellos y dejarme guiar hacia los confines de su reino. Tiburones y ballenas, sonriéndome al pasar.
Mi piel se transforma, se llena de escamas de cintura hacia abajo y mis pies desaparecen, dejando paso a una hermosa aleta de color púrpura.
Me dejo llevar por todo lo que me rodea y juego con los seres submarinos. Charlo con las ondinas, nado junto a las orcas, bailo con las tortugas marinas.
En el mar puedo ser quien yo quiero ser. Tan pronto me convierto en sirena, esperando la llegada de mi príncipe marinero, como en curiosa submarinista explorando los restos de un naufragio.
El mar es mi segundo hogar, mi lugar de vacaciones, mi exilio favorito. En él yo río, nado, sueño, creo mi propia realidad.
Hoy he vuelto allí. Me he dejado llevar y he acabado sumergida en sus aguas. No sé cómo describir la sensación que me invade cuando me hallo arropada por su esencia. Es tanta la hospitalidad que siento cuando me sumerjo en mi paraíso particular…
Eso es el mar. Ese es mi mar”.

Cuando Kasandra terminó de leer y levantó la vista de su escrito, vio a su madre con la boca abierta. La muchacha sonrió y le preguntó si le había gustado.
La respuesta no se hizo esperar: “Por supuesto”. A su madre le había encantado, le pareció preciosa. Kasandra le dijo que tenía razón, que debía ser ella misma y escribir lo que le dictaba su corazón.
Amparo, todavía emocionada por el relato de su hija, le dijo que mostrando su esencia agradaría a la persona que más debía importarle en el mundo: ella misma.
Madre e hija se abrazaron y comenzaron a reír. Aquella redacción llevaba consigo una valiosa lección.
Kasandra y su madre comenzaron a comer. Entre bocado y bocado, la joven miraba a su madre con orgullo, pues siempre le había apoyado y había creído ciegamente en ella. Además, cada vez que le hablaba, le daba una lección. Esta vez había aprendido que todos somos diferentes y que cada uno debe encontrar su propia esencia, para así compartirla con los demás.

Cuando hubo terminado de comer, Kasandra se levantó de su silla, rodeó la mesa y se acercó a su madre. La miró dulcemente, agradeciéndole en silencio todo lo que hacía día a día por ella. Le cogió las manos y con su delicada voz le preguntó: “Mamá, y para ti… ¿qué es el mar?”

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