jueves, 23 de enero de 2014

OTOÑO CONGELADO



 

Vi pasar toda mi vida ante mis ojos. Y todos los momentos, sobretodo los buenos, empezaron a desfilar sin que yo pudiera mostrar gesto alguno en mi rostro.
No sabía por qué me estaba ocurriendo aquello. Ni tan siquiera sabí
a dónde me hallaba. De lo único que tenía certeza, era de que la protagonista de aquella escena era yo.
Apenas podía moverme. Casi no podía respirar. Noté la humedad en mis sienes, cuando unas lágrimas salieron furtivamente de mis ojos.
Y yo, tumbada en el suelo boca arriba, veía los tonos rojizos de un otoño que parecía haberse congelado.
Parpadeé un par de veces antes de cerrar mis ojos, cansados de mirar hacia un cielo que poco a poco, se iba oscureciendo.
Ya no escuchaba las sirenas, ni las voces elevadas de aquellos que intentaban en vano mantenerme despierta. El rumor de las hojas secas cayendo al suelo, fue lo único que mis oídos llegaron a percibir.

Aquel fue el momento más fugaz y a la vez más eterno de mi vida.
Sentí cómo mi alma intentaba escapar. Noté mucho frío y escuché una voz que me llamaba.
Yo ya no deseaba continuar allí, tumbada sobre el frío suelo. Lo único que quería era seguir aquella melodía celestial, aquel resplandor divino que bajó a rescatarme de mi agonía.
Fue en ese momento, cuando recordé lo que había pasado. Y apreté los puños con rabia.
Yo no debía estar allí. El destino no debía estar jugándome esa mala pasada.
No, el destino no era el culpable. Fue él quien no debería haberme hecho aquello. Yo creía que me amaba. Que a pesar de todo me amaba de verdad. Y, aunque en alguna ocasión me había amenazado, jamás pensé que yo llegaría a ser una más de aquella lista. Pero lo estaba siendo. Me estaba convirtiendo en una cifra, en un macabro dato estadístico, en una espantosa noticia del informativo.

Los servicios sanitarios continuaban intentando detener la hemorragia producida por una puñalada que ya casi no dolía. En un momento dado, volví a abrir los ojos y giré la cabeza. Le vi. Iba con los brazos esposados a la espalda. Me miró fijamente antes de esbozar una de aquellas sonrisas burlonas.
Sin darme cuenta, yo le correspondí del mismo modo y él endureció su rostro.
Puede que hubiera acabado con mi vida, pero supe con certeza, que yo me encargaría de acabar con la suya.
Lo juré. Lo juré por lo más sagrado.
Después volví a mirar hacia arriba y contemplé la caída de otra hoja que, arrancada del árbol por el viento, caía hasta posarse sobre mi pecho, justo en el momento en que exhalé mi último aliento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario