Y fue entonces, al verla subir a ese tren, cuando se dio cuenta de que la amaba mucho más de lo que había imaginado. Y ya sentía su ausencia, incluso antes de partir.
A pesar de todo no quiso decirle nada. Temía que si ella llegaba a conocer sus sentimientos, no quisiera volverle a ver. Además, sabía que se iría de igual modo.
Y así sucedería. Ella se marcharía igualmente. Su alma era libre y necesitaba volar. Sin embargo, ahora ya no tendría ningún motivo para regresar.
Por culpa de su temor a perderla ya la había perdido. La había perdido, si. Por no decirle la verdad.
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